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Comunicació, 20/11/2008
Opinión
Ampliación de la jornada máxima a 65 horas semanales.
Carta del eurodiputado socialista Alejandro Cercas, Ponente de la Comisión.

 

La Directiva de 65 horas y la moral de Tartufo

15-11-2008

“Existen condiciones de trabajo que entrañan tal daño para gran número de seres humanos... que es urgente mejorar en lo concerniente a la reglamentación de las horas de trabajo, fijación de la duración máxima de la jornada y de la semana de trabajo”

Preambulo de la Constitucion de la OIT

La exigencia de un trabajo decente para todos ha resonado con especial intensidad en los últimos meses. En todos los continentes se han producido iniciativas a favor de esta campaña de la OIT y la CSI en la que se denunciaba la situación que padecen más del 70% de los trabajadores del mundo aplastados por condiciones infames y huérfanos de los más elementales derechos.

Para remediar esta catástrofe, que hermana pobreza y trabajo sin dignidad, se alza la exigencia irrenunciable del respeto universal a los Convenios fundamentales de la OIT y a regulaciones que promuevan empleos con protección, salarios decentes, respetuosos de la igualdad de géneros y de la salud y seguridad de los trabajadores.

La literatura de la OIT recuerda que el trabajo decente supone equilibrar las exigencias de las empresas con las necesidades de los trabajadores y que una de las etapas primeras para este equilibrio pasa por una correcta ordenación del tiempo de trabajo. Y para ello señala que la jornada de trabajo debe asegurar cinco principios: la salud y seguridad, la vida familiar, la igualdad hombre y mujer, la mejor productividad y la más amplia opción para los trabajadores.

En Europa la histórica demanda de las 48 horas se recogió en el Preámbulo del Tratado de Versalles, como una de las piedras angulares de la Europa más justa y fraternal que se prometió a los supervivientes del fuego y fango de la Gran Guerra. En Europa se inició el siglo con jornadas próximas a las 3000 horas y se terminó con un promedio de 1700. En Europa el progreso en riqueza y productividad acompañó a la reducción de jornadas y a más tiempo libre para los trabajadores. Las jornadas europeas fueron ejemplo de buenas prácticas y apoyaron los esfuerzos de las organizaciones internacionales. Pero en Europa hoy soplan otros vientos.

Es fácil imaginar el destrozo que el proyecto del Consejo Europeo sobre la Jornada de 65 horas causa a los objetivos del Programa por el Trabajo Decente. Y la pérdida de credibilidad que nos acarrea ante los países a los que exigimos avanzar en el respeto a los derechos de los trabajadores. No será extraño que se nos acuse de cinismo insuperable cuando nos autorizamos derogaciones de normas calcadas de los convenios de la OIT y, simultáneamente, predicamos urbi et orbe la extensión y la ratificación de los mismos.

Bruselas sigue acarreando meritos para que un nuevo Molière rime sus imposturas y ridiculice su tartufismo. La noticia de que se prepara una Directiva que sitúa en 65 horas la jornada máxima ha producido un masivo y saludable rechazo. La gente interpreta correctamente el retroceso que significa. Se arría la jornada máxima de 48 horas, una de las más significativas banderas de sindicalistas y humanistas. Se sacrifica la salud y seguridad de muchos. Se limita el desarrollo de la vida familiar y social de los más frágiles. Se incrementan las dificultades para la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Se rompe el pacto social de la posguerra. Se sacralizan los dogmas antiregulatorios y antieuropeos. Se sacrifica la sociedad al mercado. Se da la peor respuesta a la globalización.

A estos evidentes efectos se unen otros más sutiles y devastadores, derivados del procedimiento que se utiliza para la ampliación de la jornada máxima. No han elegido el señalamiento claro y universal de una nueva referencia sino la autorización a una desregulación nacional e individual. Es la embozada expresión de propósitos liquidadores del derecho social europeo y de la regulación heterónoma del contrato de trabajo. No les gustan las leyes europeas (salvo las que construyen el mercado interior) añoran el mundo en el que no existía el derecho de trabajo colectivo, fabulan sobre la libertad de los trabajadores individuales negociando sin protección sus condiciones de trabajo.

Se construye así un peligroso precedente. Si un derecho fundamental es hoy disponible, mañana lo serán todos. Si hoy se permite a los trabajadores la renuncia individual a la jornada máxima, a las condiciones mínimas para asegurar su salud y seguridad, mañana, con la misma lógica, se permitirá la renuncia al salario, a las vacaciones, a la negociación colectiva. ¿Acaso también al derecho a sindicarse? ¿A hacer huelga? ….

Espero que el Parlamento Europeo impida que siga adelante esta propuesta intolerable. Nos crea un problema a todos los europeistas, sea cual sea nuestra filiación política. Y nos acarrea, a todos los parlamentarios europeos, una exigente responsabilidad para que, superando las barreras partidistas, seamos capaces de construir una mayoría suficiente para rechazar la propuesta del Consejo. Es una oportunidad para reafirmar que el proyecto europeo no puede hacerse contra los valores y las exigencias de los ciudadanos. Que Europa es un proyecto democrático en los que la participación política es importante. Que las decisiones se toman tras un debate público y trasparente delante de los electores ante los que, al final, hay que responder.

Alejandro Cercas

Eurodiputado Socialista, Ponente de la Directiva Tiempo de Trabajo en el Parlamento Europeo

Texto cedido por Alejandro Cercas para su difusión en los medios informativos de la UGT.

 

 
 

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